No resulta precisamente sencillo formular un diagnóstico certero del momento actual que vivimos en sus aspectos, sobre todo, social, político y cultural. Lo que sobrevuela y lo penetra todo es un clima de agresividad y violencia, de sórdida crispación, de hosquedad. Este clima se ha reflejado –y todavla persiste- en expresiones de especial contundencia como  días de ira o tambiéns delito de odio, formulación jurídica que me impresiona de modo singular.

¿Porque acaso no puede llamarse con justicia y racionalidad, sin exageración, “días de ira” a la acumulación cualitativa de violencia, o “delito de odio” a la agresividad concentrada hasta extremos indecibles? Esto es lo que más o menos venimos padeciendo hace tiempo en la escena social y política con motivo del problema del independentismo catalán. A pesar del intento objetivo  de recuento de pros y de contras, prevalecen  un empecinamiento y una crispación en el sector secesionista que perjudican a la convivencia plural.

No es fácil, ciertamente, acumular y cultivar el odio hasta que alcance la consistencia de la expresión jurídica y la virulencia del delito. El tejido del odio es de una complejidad y malicia extenuantes. Para implantar sus correctivos hay que encender las  pequeñas  o grandes luces de la verdad y de la racionalidad, entrenarse en el arte de medir y aprender los sobresaltos y  quebrantos de la vida, colmar  los vacíos, resistir los embates. Todo ello buscando la armonía y el equilibrio dinámico entre las partes.

La vida es también estatura y belleza, voluntad y aventura, estructura y tentativas de esperanza. A menudo nos asaltan las preguntas esenciales, las interpelaciones más penetrantes con las que vamos construyendo el perfil de nuestra madurez humana. Son asimismo las palabras mayores de nuestro vocabulario personal que nos ayudan a edificar “obras de arte” sobre una tierra sólida: creatividad, complicidad, fertilidad, sencillez, claridad humilde, rechazo a la agresividad…

Las apelaciones constantes al diálogo y a la negociación son un reclamo invariable del discurso político. Pero para aumentar su eficacia y virtualidad se requiere formular y fundamentar un catálogo de propuestas viables y articuladas que otorguen cohesión al conjunto más allá de los tópicos.

El crecimiento de los valores positivos garantizará la contención de actitudes nocivas que siembran un nihilismo corrosivo y desesperanzador. Siempre estamos a tiempo de corregir y enderezar lo exagerado, equivocado o insuficiente.

     Santiago S. Torrado