En los años 70, una generación entera de jóvenes nos enfrentamos a un sistema   dictatorial, rancio, mojigato, ignorante y policial. En esos años, no había día que no hubiera alguna multitudinaria manifestación de jóvenes exigiendo libertad, democracia, y respeto por los derechos humanos. La llamada “transición política” a la democracia, no fue ni tranquila ni modélica, como nos la pintan algunos; fue todo lo contrario: muchas personas fuimos perseguidas por la policía que entonces vestía un triste uniforme gris, golpeadas la mayor de las veces para intentar disolvernos, torturadas algunas y otras directamente asesinadas, pero lo conseguimos: en 1977 hubo elecciones libres y en 1978 un remedo de Constitución democrática.

Y digo remedo, porque no conquistamos una democracia republicana como hubiera sido deseable, sino que tuvimos que tragar con un monarca inviolable ante la ley, un jefe de Estado elegido por fecundación y todo un sistema jurídico, policial y militar trufado de jerarcas de la dictadura. Pero no había elección, o tragábamos con la Constitución del 78 o nos tirábamos otros 40 años de dictadura, de presos, de exiliados y de impunes asesinatos.

Y de aquellos barros estos lodos.

Han pasado 42 años de aquello y es verdad que la sociedad española del 2020 nada tiene que ver con aquella de los 70; la ciudadanía es mucho mas culta, mucho mas racional, menos beata,  menos machista y más tolerante; pero seguimos arrastrando graves carencias de democracia y respeto. Durante todas estas décadas, la enseñanza en el respeto y la democracia tendría que haber sido la principal asignatura, pero no ha sido así. La derecha ha mantenido los valores de sus fundadores franquistas, y la izquierda, a veces, no ha sabido dar ejemplo y batalla en democracia y respeto.

Veamos,

¿Cómo es posible que desde el minuto uno de la conformación del Gobierno de coalición PSOE-Podemos, la derecha, la liberal, la ultra y la extrema,  hayan tirado balas de cañón sobre ministros y ministras sin respetar el resultado de las elecciones?

¿Cómo es posible que desde el mismo parlamento hayan partidos que pidan directamente la intervención del ejército y ninguna fiscalía les impute por golpistas?

¿Cómo es posible que dos ministros estén siendo acosados, día y noche, en sus propios domicilios con presencia de menores, siendo amenazados, insultados, increpados e incluso recibiendo lanzamientos de objetos sobre sus viviendas o lugares donde pasan sus vacaciones y la fiscalía no haya detenido a ni una sola persona?

¿Cómo es posible que la derecha no sepa distinguir lo que es un escrache puntual a un político determinado y lo que es un acoso continuado durante meses, con presencia de menores?

¿Cómo es posible que en las redes sociales haya un ejército de personas que se dedican a insultar, difamar y distribuir bulos sin que la fiscalía haya imputado a ninguna persona por delitos contra la dignidad?

¿Cómo es posible que desde el mismo parlamento haya personas de ultra derecha que insultan a inmigrantes, homosexuales, víctimas de violencia machista, o a cualquiera que no comulgue con sus odios, y la fiscalía no les impute por atentar contra la democracia y los derechos humanos?

Es evidente que en todas estas décadas, la derecha no se ha homologado a las derechas europeas en respeto y  democracia y sigue arrastrando sus odios, su autoritarismo y sus malos modos heredados del franquismo.

Esta realidad tan preocupante debería hacer reflexionar a la izquierda, que no ha sabido evitarla.

El insulto, el autoritarismo y el odio, no se combaten con más insultos, más autoritarismo y más odio, sino con respeto y democracia. La izquierda tiene que grabarse esto a fuego y no contagiarse de las malas prácticas.

Se equivoca Iglesias cuando defiende normalizar el insulto. Aquí, lo que hay que normalizar es el respeto. ¿O no se acuerda de las enseñanzas del 15M?: “respeto” era el valor más preciado.

La izquierda tiene que dar ejemplo y educar en respeto y democracia.

La izquierda no puede practicar nunca más el cainismo y autoritarismo dentro de sus filas. Hay que cuidar al afiliado, sea éste simpatizante de la “línea oficial” o disidente.

¿Cómo pretendemos educar en democracia en Rivas, cuando una veintena de personas afiliadas a Podemos llevan casi dos años sin poder votar en las primarias?

¿Cómo  pretendemos educar en respeto en Rivas, cuando cualquier persona que critique las privatizaciones del gobierno municipal, es insultada de inmediato?

¿Cómo pretendemos que la ciudadanía de Rivas grabe en su médula los valores democráticos, si el gobierno municipal es incapaz de consultar en referéndum las políticas de envergadura de la legislatura, sobre todo las que sabe que rechazan una mayoría de ripenses? Las herramientas telemáticas municipales ligadas al padrón sólo se utilizan para votar nombres de calles y poco más.

Les dejo con un extracto de un manual sobre democracia directa:

“la soberanía reside en el pueblo. La democracia, en el estricto sentido de la palabra, implica directamente la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones que le afectan. Es la democracia más pura tal y como lo concibieron los Atenienses en la Grecia Clásica, o como teorizaron pensadores modernos como Rousseau.

El desarrollo de las nuevas tecnologías  permite una inmediatez y una libertad que favorece una implantación muy rápida de mecanismos de debate, consulta,   propuesta y toma de decisión de iniciativas, tal y como ya se han desarrollado en muchos ayuntamientos.

Favorece un tipo de gobierno más cercano a la ciudadanía. Los dirigentes se ven en la necesidad de tomar en consideración el pulso de la opinión pública antes de tomar decisiones. Y también, a responder a las demandas populares siempre, no solamente en los momentos electorales.

Su aplicación conlleva a una apertura de los métodos de decisión pública, lo que se traduce, en caso de aprobación, en una mayor legitimidad de las leyes, al contar éstas con un respaldo de la opinión pública.”

 José Manuel Pachón López