Abordar la cuestión acerca de las prácticas artísticas contemporáneas, es adentrarse en un laberinto proceloso. Lo primero por la aparente veleidad que supone hablar de ello ante el caudal incesantes de asuntos que debieran tratarse, denuncia incluida, dentro del panorama nacional e internacional. Lo segundo, tal vez, porque se ha logrado alejar tanto la relación entre los y las artistas con la vida misma, que a pocos interesa; y no les falta razón. Lo tercero, porque en el debate las posiciones se defienden y atacan sin cambiar la posición, es decir, se puede defender lo mismo y lo contrario en virtud de sujetos e intenciones concretas.

Siendo rigurosos, sería conveniente apuntar todo lo sucedido durante el siglo XX y lo corrido del  XXI para entender el estado actual de las cosas; quizá en sucesivas entregas podamos ir ofreciendo retazos sobre la verdadera historia del arte y los artistas de los últimos cincuenta o sesenta años, que nos hagan reconocer y opinar sin miedo ante lo que nuestros ojos se ofrece. Así y advertida la conveniencia, deberíamos comenzar por invitar a desterrar toda esperanza. Destierren toda esperanza porque parece ser que en este país el Arte se sustenta sólo. O no. Y es que pocas personas se han preguntado de qué viven los artistas. Y en el colmo del absurdo, si los y las artistas lo son si su trabajo no produce los recursos para vivir, obligando a otra labor de subsistencia, haciendo que  su jornada se multiplique con precariedad laboral de fondo.

En efecto, en España viven los escasos artistas que, por “diferentes razones” se encuentran  tocados por la conveniencia institucional que es quien decide, incluso, quienes son los artistas malditos que toda estructura necesita y para los que han creado una especie de código y espacio para la insurgencia. El colapso deriva de la contradicción producida acerca de la confusión existente entre generar plataformas para la expresión con posibilidad de divulgación y dirigir tales plataformas. Y es que hoy no existe  tejido ni cultura alguna que haga posible la supervivencia de los y las artistas, salvo los programas soportados con partidas presupuestarias oficiales. De esta manera  son incorporados al “sistema” diversos proyectos –realizados fuera del ámbito de las artes plásticas por parte de filósofos frustrados, directores de cine incapaces de una buena toma, reporteros del oportunismo, actores de nula preparación o escritores sin nada que contar y desubicadores sin gracia ni talento…bajo el capote del denominado Arte Contemporáneo, en forma de conferencia, performance o instalación- Proyectos que, a su vez dirigen otros artistas ahora reconvertidos a la administración presentados como Comisarios que, a su vez, venden o realizan el proyecto encargado a y por la institución que los ampara. Una vez así, existen determinadas empresas que producen en muchos casos la obra de ese  o esa “Artista” que no conoce el modo de materializar su propio trabajo que, a su vez, sólo es posible “vender” a la institución si se ha pasado por estas empresas. Todo esto con cifras de vértigo. El resto a verlas venir y sin canales sólidos para enseñar y dar salida a sus trabajos, porque alguien decidió que determinados sectores de población no debían realizar adquisiciones a título particular, y todo aquel que se dedique al Arte lo habrá de hacer en calidad de amateur, pues las instituciones no procuran ni los espacios ni los cauces con entidad profesional a la altura de otras disciplinas.

Bien está. Porque hay mucho patoso oportunista que no quiere dejar de aparentar estar al cabo de lo “último” que, con sus gafas de montura intelectual llega a comer la oreja al ubicado en la administración que dará entrada al “proyecto”. Porque, sépanlo, ya no hay arte, hay proyectos que se avalan de retórica y en ausencia de autoría invocando a la falta de entendimiento del “populacho” para ellos, que se avalan en el principio de incomodar y la obstrucción como argumentos de razón no legible cuando el “indocumentado” e “indocumentada” opina. Pues miren, no. Ya no cuela. El arte, como bien señaló Michael Foucault, es la vida misma. La vida de miles de hombres y mujeres, chicos y chicas que asumen su propio trabajo desde la precariedad de una habitación, un garaje o cualquier chamizo; personas que se subvencionan a sí mismos y son ninguneados sin que nadie propicie una mínima plataforma para desarrollar su trabajo. Pintores, pintoras, escultores y escultoras, graffiteros o librepensadores que no pueden competir con la institución porque alguien decidió que lo que ellos hacen no es Arte y que arte es tan sólo lo que nos sitúa como espectadores de lo regulado por la institución, aseguradora o fundación bancaria – La Casa Encendida incluida soportada con dinero del rescate a Bankia que ningún artista se ha prestado a intervenir con una performance rechazando exponer en ella- . Porque  según los más “avanzados” la tarta es suya y para eso hubo que señalar como acto sublime que la pintura había muerto en un acto pueril de rebeldía copiada. Que no hacía falta, en un estado de las cosas, donde la administración nos dice con su poderío económico público qué es Arte para beneficiar a particulares y ofrecer el mejor de los escenarios a pensadores de poca monta escenificando tendencias que no se sustentan sin el erario público y que, para eso, no hace falta saber hacer, sino estar en el sitio preciso cerca del gobernante apropiado o que el gobernante (nacional, autonómico o local) se deje tentar por los fastos de unas luces que demande lo que oyó qué es tendencia; y si es posible, con cierto tufillo a compromiso para acallar cualquier discrepancia. Y es que hay artistas de repetida palabrería que tienen en el conflicto que no les afecta el sujeto de su posición comprometida, al tiempo que necesitan significarse en el dolor y la angustia de lo lejano como acto de reivindicación de sí mismos. Porque hoy Arte es todo aquello que se patina de un rigor a medio camino entre lo absurdo por evidente y el victimismo de la incomprensión. Porque se logró convencer a la gente que Arte es todo lo que no es aprehensible, y no es incierto, solo que ahora lo inaprensible se cifra en experiencias transitorias e imposible albergar a escala humana y económica. Mientras, la gente se seguirá preguntando de qué viven los y las artistas, para qué sirven. En España los artistas viven de sí mismos que, si no vienen engreídos  de los avales y llegan a presentar sus obras en lugar alguno, lo harán a su costa además de verse obligados a dejar alguna de sus piezas como pago por haber trabajado. Vergüenza.

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