Hace unos días, justo el domingo que iba la hinchada a la Cibeles para celebrar un reciente triunfo futbolístico, iba yo, acompañado, por la Calle de Génova, a uno de los momentos más tristes de  mi vida, que era despedirme de quien ha sido durante casi 20 años mi maestra de canto, maestra de vida, y será amiga del alma mientras me dure, lúcidamente, la mía, pues se la llevaban a una residencia a Valencia.

Se me agolpaban en la cabeza tantas conversaciones durante tantos años en las que me relataba cómo el bando nacional, precisamente en la casa a la que íbanos, irrumpió para arrebatarle a muy cercanos familiares que acabaron muy mal, y por nada, y cómo ella desde entonces, a quien quisiera oírlos (e incluso a quien no) con sabiduría y coherencia (hablo de una persona de más de 90 años de edad) proclamaba su idea de la libertad, la independencia, y también su republicanismo.

Todo esto me pasaba en una tarde de un Madrid “sitiado” cortado por todas partes –hacía la Calle de Génova- que se me asemejaba en la memoria a lo que no he vivido, pero sin bombas. Sin bombas pero con mucho ruido de todos los pitos que se escuchaban a mi espalda. De toda esa algarabía celebrante.

Yo, que nunca he podido entender, ni coincidir, en que toda esa ingente masa humana ponga el pie en la calle, y toda esa energía, para celebrar el hecho de unos balonazos metidos correctamente en el lugar que dan triunfos a España –incluso pintado el personal y revestido de banderas con los colores patrios- y en cambio no hagan lo mismo ¡ni muchísimo menos! -sálvese quien pueda- para que en España podamos disponer de una dignidad, unos servicios, unos derechos, mucho más imprescindibles, e incluso de que algunas personas puedan comer, y que soy muy dado a “ensoñaciones” de “Y si ahora…”, al pasar por la fachada de la sede nacional del Partido Popular con esas dos inmensas PP tan provocadoras, sobre los también provocadores colores patrios también, no naturalmente por sí mismos –son también los míos- sino por estar ahí, por su inmenso tamaño (a veces el tamaño no solo importa sino que ofende) por llevar encima esas dos letras que hoy día son para muchos sinónimo de corrupción, comenté a quien me acompañaba:

“Fíjate si ahora, con un simple pito, un simple chasquido de dedos, como el que hace magia, yo hiciera así –hice lo que los flamencos llaman tocas los pitos-, y toda esa muchedumbre que va con alfombra puesta en esa dirección, se diera la vuelta y viniera en esta, (la contraria, que llevábamos nosotros) a hacer el mismo ruido en la fachada del PP pero para que, realmente, ganara España, porque lo conseguirían, los políticos, históricamente, son muy cobardes ante las masas, entre otras cosas porque las necesitan para “lo suyo”…”.

La persona que me acompañaba, acostumbrada ya a mi “ensoñaciones…” me escuchaba como el que escucha a un “pesado”, que insiste con algo que ya sabe que no va a conseguir nunca. Pero uno es posibilista ¡qué le va a hacer!

la celebración se llevó a cabo “como dios manda”, y como a los políticos en el poder les gusta. Y también la despedida de mi maestra con un último beso que nos “tiró” al despedirnos desde la ventana en las que tantas veces escuché el sonar de un piano y una voz.

A los poco días, no sé si por casualidad, o causalidad, no la ciudadanía sino los políticos, como por arte de magia, como con un chasquido de dedos, o tocando los pitos, puso una moción de censura a los de la fachada de las letras enormes sobre el banderón, y justo al día siguiente de que mi maestra republicana fuera llevada a Valencia, los derrocaron del poder -al menos de momento-.

Me habría gustado mucho que mi querida maestra que los había vivido y sufrido tan cerca lo hubiera podido ver. Y ahora me gustaría también que esto fuese de verdad, que sirviera para lo que a ella y a mí nos ha gustado desde que tenemos uso de razón, y que no quedara todo en bonitas fotos de papel “couché”.

Yo he decidido vivir esto de forma ilusionada…pero sin hacerme ilusiones. Y eso sí, de forma implicada, como siempre, y tocando el pito en la dirección correcta.

(Dedicado a Ana María Iriarte)

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