Como si de una maldición se tratase, otro verano más nos enfrentamos a las dantescas imágenes de un gran incendio en nuestra comunidad autónoma. En este caso, la zona de Cadalso de los Vidrios y Cenicientos ha estado sufriendo un devastador incendio, originado en el municipio toledano de Almorox, que ha arrasado 3.300 hectáreas de monte, 2.500 de ellas dentro de la Comunidad de Madrid.

Se trata del peor incendio de este siglo a nivel regional en lo que a extensión quemada se refiere. Decenas de personas han tenido que ser evacuadas, y hay que decir que muchas de ellas han expuesto sus quejas ante lo que han considerado una actuación mal organizada al respecto. Se han evacuado urbanizaciones que se encontraban, en el momento de la evacuación, a varios kilómetros del frente del fuego, mientras éste se acercaba a las primeras casas del propio Cadalso de los Vidrios sin que se adoptaran las mismas medidas. Vecinos de alguna urbanización han relatado cómo nadie fue a avisarles de la conveniencia de evacuar sus viviendas cuando el fuego ya se encontraba prácticamente en ellas.

Que no se me malinterprete: la labor de las y los profesionales de emergencias (Bomberos, Forestales, 112, UME, etc) ha sido encomiable, y sin duda gracias a ellos se ha podido contener el incendio (que no dar por definitivamente extinguido, por desgracia, en el momento de escribir estas líneas). Pero la organización no es lo que atienden estos profesionales. Ellos están sobre el terreno, que es distinto.

No he podido evitar acordarme del incendio originado en Rivas en julio de 2015 en una zona especialmente protegida del Parque del Sureste, la zona del paraje de los cortados de Casa Eulogio, en el que sólo la rápida intervención de los servicios de emergencia evitó una catástrofe mayor, o del susto que nos llevamos el pasado 1 de julio con el incendio producido en la zona del Auditorio Miguel Ríos, en el que gracias a los efectivos de Bomberos del 112, policía local y Guardia Civil  no fue a mayores.

La pregunta que a todos nos viene a la mente cuando se dan estas circunstancias, siempre es la misma: ¿por qué ocurren estos incendios? ¿pueden evitarse?

No soy experta en el tema y por tanto me abstendré de dar opiniones con pretensión de certezas. Las causas de los incendios, y sobre todo de la gravedad de los mismos, son múltiples. A mucha gente de cierta edad nos sonarán las campañas que se realizaban hace algunas décadas en televisión, intentando concienciar sobre la necesidad de cuidar nuestros hábitos (fumar, tirar las colillas encendidas, quema de basuras, etc) para que no se conviertan en causantes de incendios. Pero estudios bastante recientes arrojan como resultado que sólo entre un 2,85% y un 4,9% de los fuegos son producidos por causas de este tipo.

Más arriba, en el “top” de las causas de los grandes incendios, está al parecer, en la incontenible situación de abandono que el medio rural experimenta. A diferencia de hace décadas, en el campo cada vez trabaja menos gente, y la que lo hace va teniendo una edad que no le permite realizar con la necesaria diligencia tareas imprescindibles para mantener el monte en condiciones óptimas de limpieza: desbrozar, mantener cortafuegos… Son tareas pesadas que sólo personas jóvenes pueden realizar en debida forma. Y hacerlo constantemente, no sólo de forma puntual.

La despoblación, pero también la práctica desaparición de oficios como el del pastoreo y la trashumancia, se van encargando de alimentar esta situación. Es un problema global que debería ser abordado de forma igualmente global. Es decir, debería ser abordado por las administraciones, que son las encargadas y responsables de vigilar lo que ocurre y prevenir políticas y recursos que lo modifiquen.

Será muy difícil conseguir evitar que alguien arroje una colilla encendida en pleno mes de agosto en una zona susceptible de quemarse fácilmente. Será complicado evitar que nadie en ningún lugar queme basura o encienda una barbacoa en lugar no muy adecuado. Pero sí es posible y exigible tener en cuenta que, precisamente, será muy difícil evitar esto, para intentar que, hablando de incendios, ocurran sólo los inevitables, pero nos ahorremos los demás. Empecemos a enfocar el problema desde su origen, miremos hacia el medio rural procurando ver en él no sólo un medio de producción económica deficitario, sino el espacio geográfico dentro del cual vivimos, el que nos rodea y nos proporciona muchas satisfacciones, pero también riesgos enormes y grandes “desgracias”.

Vanesa Millán – Portavoz de PODEMOS Rivas