Últimamente es mucha la atención que los medios de comunicación están dedicando al calentamiento global y al cambio climático, y mucho el empeño en situarlos junto a la especie humana como las mayores amenazas medioambientales. Cada vez estamos más concienciados de la urgencia de no contaminar y de la necesidad de reciclar, y en los últimos años hemos visto una corriente emergente opuesta a la práctica del consumismo que se basa en la idea de dar una segunda vida a los objetos a través de la compraventa de segunda mano.

Al ritmo actual de consumo serían necesarios tres planetas para abastecer todas las demandas del ser humano y por eso, las nuevas generaciones tienen que revertir los hábitos y volver al modelo de consumo sostenible en el que solo se adquiere lo que es indispensable (consumo por necesidad), dejando atrás la práctica consumista en la que compramos buscando satisfacción personal o felicidad (consumismo por impulso).

Pero la puesta en práctica evoluciona más despacio que la asunción de la teoría y entre tanto surgen una y mil formas de procurar el cambio, como la reciente huelga mundial por el clima liderada por la joven activista sueca Greta Thunberg y secundada por miles de estudiantes (que dicho sea de paso aprendieron que es lícito faltar a clase para reivindicar en la calle, lo que es desvestir a un santo para vestir a otro).

Pero como siempre, el mejor (y casi único) modo de aprendizaje es interiorizar a través del ejemplo. Para que nuestros pequeños se conciencien de que el consumo caprichoso no tiene fundamento es necesario poner en práctica un estilo de vida austero, donde los progenitores sean un modelo de compra responsable y no dupliquen ni desechen prendas o enseres nuevos pero en desuso.

Acciones que son ejemplo de consumo sostenible se puede encontrar cada día tanto en los hábitos de compra (no excediéndonos en juguetes de cumpleaños o reyes, no haciendo acopio de alimentos, renunciando a acumular productos de moda, tecnología y belleza…) como en hábitos domésticos (apagando luces prescindibles, evitando sacar el coche en trayectos cortos, cerrando el grifo, no tirando comida, sustituyendo bolsas de plástico por papel o tela, minimizando el uso de envases y productos envasados individualmente…).

Los niños aprenden desde bien pequeños a minimizar el impacto ambiental negativo (o a ejercer un impacto ambiental positivo) si lo ven hacer en casa en acciones básicas como reutilizar papel, reciclar correctamente, no tirar basura en las playas (o ayudando a limpiarlas), colaborando en reforestaciones populares… también les aporta mucho el ser usuarios de un modelo de consumo basado en el autoabastecimiento, que trasladado a la ciudad consiste en huertos urbanos normalmente comunitarios donde las frutas y verduras se aprovechan para elaborar recetas caseras, en contraposición a los productos precocinados y envasados.

Los mercadillos populares, tan de moda, representan un comportamiento de consumo sostenible gracias al intercambio de objetos y enseres usados entre los vecinos de una comunidad, y es sano que los niños colaboren decidiendo a qué objetos del hogar se puede renunciar. Participar en familia en programas populares como la fiesta de la semilla o el día de la bici también contribuye a que desde casa inculquemos en los niños la necesidad de cuidar el medio que les sustenta.

Raquel Sanchez-Muliterno

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