Mis padres nacieron en esta ciudad, mis abuelos también. Me contaron leyendas de urbes florecientes en las que el agua potable fluía mansamente por las paredes de las casas y de utensilios inverosímiles por los que viajaban las imágenes con solo apretar un botón. A mí me fascinaban aquellos viejos cuentos narrados por la noche alrededor de la hoguera, cuentos fantásticos que alimentaban mi imaginación mientras teñían los ojos de los más ancianos de una pulsión oscura, de un arcano secreto. Algunas veces, cuando pensaban que no les podíamos escuchar, decían nombres a los que yo no encontraba sentido, pero que resonaban en mi cabeza durante semanas, agrandados por las sombras de la oscuridad nocturna: Unión Europea, Trump, China, cambio climático, fallo tecnológico, grandes catástrofes… Eran palabras que sobrevivían de un mundo perdido del que nadie quería hablar delante de los niños y que nos estaba por tanto vedado.

Crecí oyendo contar viejas historias de nieve cayendo sobre la muralla de piedra y relatos en los que el río era una pista de hielo en el invierno. Sin embargo, aún ahora, a mis cuarenta años, nunca he visto un copo de nieve, ni conozco el prodigio del hielo. Vivo en un subterráneo cavado bajo un cubo de la muralla y solo salgo de noche tratando de conseguir el alimento imprescindible para no morir de inanición. Somos muy pocos y nuestro número desciende progresivamente en estas condiciones insalubres. Cada día tenemos que ir más lejos para buscar presas y con frecuencia nos encontramos con otros grupos que cazan en los mismos territorios que nosotros; algunos los perciben como enemigos y dicen que están invadiendo nuestro territorio y terminando con su voracidad con los pocos recursos que tenemos. Hay quien ya ha levantado la mano contra ellos y ha hecho correr la sangre con violencia. El recelo mutuo aumenta a ojos vistas. La paz entre nosotros y ellos no parece que pueda ser duradera.

No obstante, mi mayor temor es que pronto no haya recursos suficientes, llegue la desesperación y nos acabemos por comer los unos a los otros, como contaban los que huyeron de las tierras ardientes que hay más al sur. Eran relatos espantosos de hordas de caníbales que asolaban las tierras que cruzaban. Nosotros los escuchábamos, sin duda horrorizados, pero nunca hablamos con los demás sobre ellos, pues al miedo es contagioso y no hay que otorgarle poder alguno, si bien en mi mente, en la soledad del lecho, esa posibilidad fatal ya ha anidado y a menudo sus monstruos comparecen en las pesadillas nocturnas.

Procuramos permanecer activos, aunque tratando de evitar las horas en que el sol calcina los campos y caminos. Las mujeres y los niños, vigilados por los ancianos y los más débiles, se encargan de acarrear el agua, que también escasea progresivamente. Los hombres aportamos la caza y todavía somos capaces de conseguir al menos una comida diaria para todos, si bien las raciones poco a poco se ven mermadas: es arduo asumir que los productos comestibles se reducen a medida que aumenta el hambre. Ante este panorama tan poco esperanzador, los más temerarios ya han comenzado a emigrar hacia el norte, aun a sabiendas de que el tránsito por los caminos es peligroso y pocos alcanzarán tierras más verdes. Hasta aquí han llegado rumores de que no es cierto que exista un mundo mejor más allá de las montañas y que esas historias han sido difundidas para atraer a los incautos a una trampa mortal, pero también es verdad que la muerte acecha igualmente entre las piedras de esta vieja ciudad. De momento, yo no me voy. Tengo miedo por mis hijos: son pequeños y es seguro que, con su fragilidad actual, no resistirían un desplazamiento tan largo bajo un sol inmisericorde. Y luego está la falta de agua…; aquí al menos tenemos la que podemos extraer aún de los pozos y aljibes bajo la muralla. Además, estas piedras ofrecen un resguardo contra posibles ataques de las hordas caníbales: conocemos sus galerías y podemos hacernos fuertes en ellas, incluso resistir un asedio usando las varias salidas que solo nosotros conocemos bien. Quedarse puede ser arriesgado, pero marchar lo es más aún.

Mis padres y abuelos están enterrados en esta tierra, aquí descansan en paz. Y aunque esta vida sea una batalla permanente, una total zozobra, los hombres merecemos descansar en paz en la tierra que nos vio nacer y que nos acoja al fin en sus largos y cálidos brazos hasta que nos reseque del todo las entrañas.

Jesús Jiménez Reinaldo

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