Los últimos meses han sido una balsa de aceite hirviendo: mientras el mundo se paraba por causa del coronavirus en primavera y luego se aceleraba con el ímpetu vital del verano, hasta el inevitable punto medio de este otoño tuerto en el que la gente vive sin vivir en sí y hace como que no sale para no pasar por casa ni para ducharse, yo me he encapsulado en una burbuja plastificada, acartonada y fosilizada. Ayudado por avances tecnológicos que harían volverse majara a mi abuela si tuviera la desdicha de regresar a este mundo de perpetuo miércoles, he conseguido mantenerme virgen frente a las penetraciones aéreas y carnales del libidinoso virus que no paraba de buscarme la boca; con la inconmesurable ayuda de mascarillas, jabones, geles hidroalcohólicos y mis buenos lingotazos de coñac cuando la desesperación aprieta, este jubilata hasta ha pasado sus buenos momentos haciendo eses por el pasillo y derrapando como un piloto de fórmula uno en la última curva antes de entrar desesperado a vomitar en el inodoro.

Claro que me dirán ustedes, y yo les daré la razón como a los tontos con una palmadita nada cariñosa en la espalda, que lo tenía muy fácil: con unos ingresos escasos pero bien asegurados, sin la obligación de asistir a la maldición del trabajo y con la capacidad de decidir no ver a nadie, por muy odiado que sea, así se hunda la bolsa o no venda una escoba ni El Corte Inglés, es sencillo parapetarse en casa como en un búnker, cerrar el grifo a las noticias con o sin gusanera y huir de todos cuantos aún no aprendieron a estar solos: basta con poner el móvil en modo avión, que si te molesta Vodafone u Orange a la hora de la siesta en el fondo es porque aún no has dado el paso de desconectarlos de tu existencia. Algo bueno tenía que poner el contrapunto a los dolores en las rodillas, el reúma añejo y la incontinencia urinaria, ¿no les parece?

Todo ha ido de tirarse al tren hasta el mes de noviembre. Pero con la nueva consigna lanzada a los cuatro vientos sobre la necesidad de salvar la navidad, como si hubiera venido una horda de bolcheviques a descabezar a san José, violar a la virgen María y robarle los órganos al recién nacido, en mi barrio se ha producido un repentino aumento de pasión pascual y la gente se ha lanzado a consumir calendarios de adviento, adornos musicales con lucecitas y papanoeles de gomaespuma, mientras amontona en sus casas gambones y langostinos, turrones, como si fueran papel higiénico y harina para hornear. Que mientras haya un polvorón, todo es cuestión de polvos, habrá navidad, y mientras haya principios, sobrevivirá la misa del gallo aunque no guardemos las distancias, que el de arriba vela por ti lo mismo en el templo a él consagrado, que en la unidad de cuidados intensivos abierta a beneficio de los socios capitalistas de Capio Sanidad. Van a venir ahora los rojos (como si aún quedase alguno fuera de Venezuela) a fastidiarnos la diversión…

Bueno, prosigo, que me pierdo y desbarro. Pues es el caso que el día veinticinco voy al cajero a cobrar mi modesta pensión de la Seguridad Social y la correspondiente paga extraordinaria, que es la que me permite reparar o sustituir las reliquias que sobreviven en mi casa al feroz paso del tiempo, y de repente descubro que le han dado una mordida a mi dinero, que ríase usted de los policías corruptos de México o Marruecos. De los escasos dos mil trescientos euros que esperaba, me han ingresado solo mil seiscientos. Y cuando trato de poner luz sobre lo que supongo que es un error, no tardo mucho en descubrir en la prensa afecta al régimen neoliberal que nos estruja que a setenta y cinco mil de nosotros, por no sé muy bien qué cosas de deudas con Hacienda, nos han birlado sin previo aviso un dineral, actualizando la ministra sabrá qué legislación de 2018 que, sorpresas te da la vida, decide ejecutar de repente y por la espalda en 2020. Trato de conseguir una cita en las oficinas de la Seguridad Social, sin éxito porque solo me ofrecen atención telefónica a partir de enero, y de que mi doctor me prescriba un antidepresivo, también sin éxito porque el ambulatorio está cerrado hasta nuevo aviso, por lo que me quedo compuesto, desolado y sin efectivo. Y me vuelvo a parapetar en casa, bloqueando la puerta con el sillón del salón, no se presente también en mi casa el auto proclamado gobierno más social y progresista de la historia de este país y se acabe llevando también por la fuerza el frigorífico. Que a falta de chorizos en mi despensa, los hay a miles atracando a los ancianitos sin escrúpulo alguno, eso sí, diciéndonos que están salvando la navidad para todos.

Jesús Jiménez Reinaldo

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