Atravesamos una situación inédita e inimaginable: una emergencia sanitaria feroz a lo largo de todo el planeta. En cuarentena, ya llevamos varios días de sufrimiento sostenido. Este sufrimiento se expresa en todas sus versiones: miedo a enfermar, a morir o a perder un ser querido, preocupaciones laborales, agobio, rabia, deudas, planes destrozados, ansiedad, violencia, soledad, tristeza o, en el mejor de los casos, aburrimiento por el encierro. Si hace un mes atrás me decían que llegaría el día a partir del cual no podríamos salir de nuestras casas, no podríamos agruparnos con los nuestros ni abrazarlos, me reiría y preguntaría si es una broma. Todavía sigo sin entender que estamos en medio de una pandemia y me aterra pensar cómo esta locura puede replicarse en lugares menos favorables que Europa.
Por otro lado, esta pandemia no solo hace surgir lo peor de los seres humanos, también hace brotar lo mejor que tenemos: empatía, compasión, solidaridad y el apoyo mutuo Este palazo a lo que llamábamos ‘normalidad’, ¿hará que formulemos nuevas versiones de nosotras mismas para relacionarnos más humanamente? 

Cita con mis vecinas

Desde el inicio de la cuarentena salimos a aplaudir a las personas trabajadoras del sistema sanitario y a las que nos sostienen. Yo aplaudo a las personas que salen a la calle todos los días para que, las que tenemos suerte, podamos comer, disfrutar del agua, luz, Internet, etc.

Todos los días a la 8 de la noche salimos a la terraza con mucha emoción. Aplaudimos hasta sentir dolor en los tríceps. La primera noche fue emocionante porque me encontré con vecinas que jamás había visto. Vivo en un cuarto piso y la verdad es que nunca antes había coincidido con algunas de las vecinas de mí mismo edificio o de los edificios vecinos. Todas en pijama o bata, aplaudiendo, emocionadas. Ellos por detrás, como con cierta vergüenza. 

La primera noche, cuando terminamos de aplaudir, nos saludamos, nos presentamos y nos preguntamos si todas estábamos bien, con quién estábamos en casa, cómo llevamos el confinamiento y si teníamos comida o medicamentos suficientes. Algunas, ya abuelas, hablan de sus nietas y nietos. Los echan de menos pero entienden que por ahora deben mantener esta distancia. ¡Un día más! ¡Animo! ¡Venga, no os agobiéis! ¡Hasta mañana, vecinas! Esas son frases casi obligadas que nos gritamos desde nuestras ventanas a diario.

Desde el decreto del estado de alarma no hubo ni una sola noche que no salga con ganas para aplaudir junto a mis vecinas. Me pregunto cómo será la época post-pandemia. Ojalá hayamos aprendido a ir más despacio, a valorar lo que nos rodea, a comunicarnos mejor de verdad y a entender que somos unas invitadas en este planeta. Ojalá formulemos un mundo más justo e igualitario, un mundo respetuoso con la naturaleza. Ojalá, también, salgamos por la noche a nuestras ventanas o terrazas y nos encontremos entre vecinas para hablar. Me viene a la mente la frase de Mireia Bofill «Todo empieza cuando una mujer habla con otra mujer».

Autora: Emma O´Brien.
COLECTIVO: La Corrala. Patio feminista
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