La realidad entera está impregnada de ambivalencia.  A veces esa realidad se nos presenta en tonos grises, pero otras resplandece y se viste de plenitud. Son los que algunos han llamado “momentos de gloria”, que nos elevan sobre la espesa cotidianeidad y nos hacen palpar nuestro núcleo más profundo y la intensidad de nuestras capacidades. Que nos hacen sentirnos bien, en una palabra.

El claroscuro está siempre presente en nuestra vida. El optimismo y el pesimismo sobre la condición humana  se superponen y se complementan. El mundo es un mosaico de violencia y pasividad, de delincuencia e indiferencia, pero también un tejido de valores y una trama de esperanza.

Una cosa es la realidad y otra la presentación que se hace de ella en los medios de comunicación y en el aluvión infinito de las redes sociales. Ambas dimensiones contribuyen a aumentar el pesimismo y la indiferencia de la ciudadanía. Pero no puede ser que nos domine la áspera sordidez de la realidad, que todo se reduzca a mediocridad y corrupción, a la herencia de pasividad que el consumo nos transmite y que nos esclaviza. Existen fuentes abundantes de creatividad en personas y asociaciones, grupos de trabajo, corrientes políticas… Tengo ahora mismo presentes en la memoria los nombres y rostros de personas concretas, de conocidos –amigos y amigas o no- que han implicado seriamente su vida en la entrega a los demás y en la dedicación a las tareas colectivas para transformar este presente tan precario. La afinidad entre dichas personas es tan sorprendente que incluso se refleja en la semejanza de su fisonomía y de sus expresiones, que conservo muy vivas en mi recámara más personal.

El espacio del pensamiento y de la reflexión ayudan poderosamente a construir una visión positiva del mundo. La lucidez intelectual deriva en la necesaria autocrítica, que está demasiado ausente de los debates políticos y de las aportaciones culturales en diferentes ámbitos.

Son también incontables las altas dosis de humanización, de paciencia y de sosiego, de coraje y de ternura, que muchas personas, grupos y asociaciones ofrecen de forma sostenida y sistemática. Todo ello es de un valor inestimable para la regeneración de la sociedad y nos introduce frontalmente en el mundo de los valores.

La implicación personal en las tareas comunes es un complemento inapreciable de este programa vital. Dentro del colectivo social, a algunos o algunas corresponde la labor de animación o coordinación, y a otros un trabajo más de base, priorizando la tarea de equipo. Y la lucidez del  pensamiento arropa y enriquece los empeños colectivos en una dimensión de concreción y profundidad.

La contemplación serena y el disfrute de la belleza en sus múltiples formas es el remate gozoso de lo dicho, de esas líneas de creatividad personal y social más allá de la ambivalencia que inevitablemente nos acompaña.

 

Santiago S. Torrado