Muchísimas personas opinan que dedicar un tiempo al pensamiento y a la reflexión es una pérdida de energía y de eficacia, sobre todo en un momento histórico tan convulso como el que vivimos lleno de apremios y de sobresaltos .Otros creemos, sin embargo, que nuestra sociedad padece una grave carencia de factores intelectuales  y teóricos que la enriquecen y dinamizan, y cuya ausencia merma su energía y su creatividad.

Esta última afirmación me parece perfectamente razonable y sostenible, y se encuentra en la raíz de muchas insuficiencias y conflictos de nuestra vida personal y colectiva. La actividad y el compromiso al servicio de lo público son imprescindibles, pero el activismo desbocado y banal, irracional y megalómano, debe ser vigilado y desterrado en lo posible.

A escala reducida podríamos aplicar lo dicho a este mismo artículo, afirmando  que el hecho y el trabajo de teorizar sobre la relación entre el pensamiento y la práctica rinden un flaco servicio a esa misma práctica personal, social o política, un servicio inútil y hasta nocivo. Otros, por el contrario, creemos que la reflexión intelectual y asequible sobre la vida cotidiana la decantan y enriquecen, y por eso nos aplicamos a ella.

De mis estudios de Filosofía Pura en la Universidad Complutense saqué la impresión global (hace ya muchos años) de una cierta inutilidad y lejanía de la vida concreta y de un lenguaje excesivamente especulativo y abstracto. Con el paso de los cursos corregí  parcialmente mis apreciaciones y al final de la carrera alcancé la aportación inapreciable de llevarme conmigo un equipaje personal: el pensamiento como actitud fundamental ante la vida. He tratado de conservar hasta ahora dicho equipaje.

El equilibrio entre acción y reflexión es el motor y la garantía del dinamismo personal y social. Ese equilibrio tiene una dimensión de racionalidad, que se despliega a su vez en otros hábitos y actitudes: aceptar la dureza de la realidad y disfrutar su belleza, anteponer en la práctica lo importante a lo urgente, valorar y aplicar la síntesis entre la ética y la estética en la tarea humanizadora, respetar y cultivar la armonía entre el fin y los medios, etc.

Pero el equilibrio entre acción y reflexión abarca otras dos dimensiones principales. Una es la emotividad, todo el tejido de sentimientos y emociones que  dinamiza y colorea nuestra vida personal y fluye en la vida colectiva. Otra dimensión importante de este equilibrio es la creatividad, también en sus aspectos personal y comunitario. La creatividad de carácter cualitativo constituye un desafío para todos nosotros y para los proyectos que se alumbran en los más distintos ámbitos.

Ojalá esta sencilla reflexión sea útil en la vida cotidiana, desde la que podamos cuestionar la insistente afirmación generalizada y errónea de la inutilidad de la filosofía, por ejemplo. Más bien lo que planteamos y buscamos es un abordaje de la realidad enriquecido por el pensamiento y el diálogo. Ello da color y sentido a nuestra vida.

                                                                                                                       Santiago S. Torrado

 

CIEN  AMIGOS

Un centenar de amigos

son el destino de mis versos.

Mi palabra y mi alegría

son para vosotros,

también los mensajes

de mi tenue discurso,

los latidos

de este tibio corazón.

Sois mis amigos,

el tesoro encontrado

en los largos caminos de mi vida.